videos/1_intro.mp4Enric Chulio
marido de Maribel Sisternas
Sí, sí tengo recuerdos. De los días siguientes casi no recuerdo nada, pero del día 3 tengo muchos recuerdos. El 3 de julio de 2006 era lunes. El accidente ocurrió unos pocos minutos después de la una del mediodía y me pilló en el trabajo. No era consciente de lo que había pasado. Mi trabajo estaba cerca de la estación y salí a la calle con algunos compañeros porque oímos sirenas. Vi que pasaban muchas ambulancias, muchos coches de policía. “Debe de haber pasado algo gordo”, comentamos. Entonces, mi suegra, la madre de mi mujer, me llamó al móvil, llorosa, diciéndome: “la nena no llega”.
Mi mujer, Maribel, era enfermera y trabajaba desde hacía varios años en el hospital La Fe. Había pedido una reducción de jornada porque nuestro hijo todavía tenía un año y medio, así que dejaba de trabajar sobre la una y tomaba el metro hacia casa. Por lo general, iba directa a casa de su madre, que se quedaba con nuestro hijo. La abuela fue la primera en notar que se retrasaba.
Consulté internet pero en la web del metro no decían nada. Así que a las dos cerré la oficina y me fui para casa. Pasé por delante de una parada de metro, me asomé y vi que las puertas y las rejas estaban cerradas. Me extrañó mucho, así que me fui directo hacia casa de mi suegra. Allí ya estaba mi cuñado, que es médico. Él había empezado a contactar con compañeros de los diferentes hospitales de Valencia para preguntarles por mi mujer, pero en ningún centro sabían nada de ella. Pasamos un tiempo sin saber qué hacer o a dónde ir, pero al final nos fuimos a la parada de metro de Jesús porque se decía que el accidente había sido allí. Llegamos sobre las tres de la tarde y la Cruz Roja ya había montado algunas tiendas para atender a los heridos.
Fotos: Rafa Gil
La zona estaba cerrada por la policía y había otras personas en mi misma situación. Nos identificamos como familiares de posibles afectados pero nadie sabía nada, así que pasamos dos horas sin movernos hasta que, sobre las cinco de la tarde, nos pusieron unos autobuses para trasladarnos a la Ciudad de la Justicia. Yo no me preocupé en ningún momento, pensaba que como mi mujer era enfermera y había habido un accidente, lo más probable era que se hubiese ofrecido para ayudar. Es verdad que ni su móvil daba señales ni ella había intentado ponerse en contacto con nosotros, pero yo sabía que al móvil le quedaba poca batería. Por la mañana, lo había oído pitar y ella me había dicho: “da igual, ya lo cargaré a mediodía”.
Cuando llegamos a la Ciudad de la Justicia nos encontramos con una gran aglomeración de gente. Debíamos de ser unas quinientas personas pero nadie sabía nada. Habían abierto varias salas por si alguien quería apartarse y estar más tranquilo. Los voluntarios de la Cruz Roja repartían pastillas y calmantes a quienes lo necesitaban. Sólo dejaban entrar a personas que demostraran que tenían relación con algún posible afectado. Cuando entramos nosotros nos hicieron una entrevista. Preguntaban por detalles concretos, cómo iba vestida la persona que nos faltaba y cosas así, pero no nos decían si estaba en el hospital o en el forense. Así pasaron las horas. Se hicieron las doce de la noche y todavía seguían sin decirnos nada. La gente empezó a enganchar al paso a algunos funcionarios, los agarraban y les preguntaban si llevaba alguna lista de nombres encima, los acosaban para preguntarles por su familiar. Mi cuñado y yo hicimos lo mismo. Detuvimos a un funcionario y le preguntamos si el nombre de mi mujer estaba en la lista. Pues sí. Allí estaba: Maribel Sisternas Martínez.
No se me había pasado por la cabeza en ningún momento que mi mujer pudiera estar muerta. No sé por qué no lo sospeché porque a las tres se habían llevado de allí a todos los supervivientes. Así que los que faltaban, los que quedaban allí, eran los muertos. En ese momento fui consciente de la realidad. No puedo decir que despertara, al contrario, fue como caer en un sueño de tinieblas. Se me apagaron las luces, se me apagó toda la luz.
Aguantamos allí hasta que a la una nos dejaron entrar a hacer el reconocimiento del cadáver a través de un cristal. Sólo nos dejaron ver una parte de la cara. No nos querían enseñar nada más porque el cuerpo estaba deshecho. Yo la reconocí, pero si me hubieran preguntado en ese momento si era mi mujer, creo que hubiera dicho que no: “No, esta no puede ser mi mujer, mi mujer no está muerta”. Eso era lo que tenía en la cabeza. Por más que mis ojos la estuviesen viendo y fuera inconfundible, yo sólo le veía un trozo de la cara. Pero era ella. Era ella.

Ana Esplugues
superviviente
Fueron muchos días en coma. Día a día, mi familia apuntó en una libretita lo que pasaba a mi alrededor mientras yo estaba inconsciente. La libreta me la escribió María, la madre de mi pareja. Si alguna vez le pasara algo parecido a alguna persona que conociera, creo que le gustaría tener algo así. Cada día los médicos daban un parte y ella apuntaba las informaciones del médico y también sus reacciones. Fue un milagro que yo saliera de la Unidad de Cuidados Intensivos, allí estás muy débil y eres muy propenso a coger infecciones. Cuando me dieron la libreta, leí que mientras estuve en coma pasé por un problema en los pulmones del que sólo se salva una de cada diez personas.

Me desperté en la Unidad de Cuidados Intensivos. No entendía dónde estaba hasta que me dijeron que estaba en el hospital La Fe. Alguien me preguntó que si sabía por qué estaba allí, y yo sabía que el tren había tenido un accidente pero no sabía muy bien el qué. Fue entonces cuando me dijeron lo que había pasado. Mi familia había guardado las noticias que se publicaban en el periódico sobre el accidente, así que cuando ya estuve mejor y pude salir de la habitación, pedí que me las trajeran.
En la UCI las bombas emiten muchos pitidos, hay ruidos de goteros, de la máquina de respirar y no consigues descansar. Cuando estás despierto no tienes nada que hacer. Estás en una cama sin poder moverte. Miraba hacia arriba y me pasaba todo el día mirando cómo funcionaba el aire acondicionado. Había una ventanita en la cama y dos veces al día venían a visitarme. Mis hermanas, mi pareja, mis padres se turnaban para entrar en la UCI. También vino alguna visita. No sé los nombres, pero personas con cierta responsabilidad en el hospital pasaron por mi habitación y preguntaron por mí.
Me molestaban mucho los olores de las personas que venían a visitarme con perfumes, me mareaba, no era capaz de atender a lo que me decían. Por eso di orden de que vinieran las mínimas visitas posibles. Un día llegó mi padre al hospital y me dijo: “Mira, te ha llegado un burofax”. Yo no había oído la palabra burofax en mi vida. No me acuerdo lo que ponía, pero eran sólo dos o tres frases. La verdad, no entendí ni la mitad: “Has tenido un accidente en un tren que es de la Generalitat Valenciana, por lo cual la Generalitat es la responsable subsidiaria de que tu estés en ese estado de salud”. Me iban a indemnizar, eso sí lo entendimos.
En el caso concreto de los heridos, es como un accidente de tráfico. Hay un baremo: ¿Qué eres? Una mujer de 26 años. ¿De qué trabajas? ¿Cuánto ganas? ¿Cuántos días has estado sin ir al trabajo? ¿Cuántos días has tenido que ir a rehabilitación? ¿Cuántas cicatrices tienes? ¿Dónde? ¿Son visibles? ¿Tienes una profesión en la que cuenta la presencia física y te han fastidiado la vida porque tienes una cicatriz? ¿Has perdido un hijo? ¿Es el primero? ¿No es el primero? ¿Puedes tener más hijos? Hay un baremo para cada una de esas cosas, una tabla en la que cada una de esas cosas vale tanto. Al final se hace una suma y eso es la indemnización. Así es.
Salí del hospital a principios de septiembre. Todos los días, en vez de ir a trabajar, me preparaba con mis zapatillas y mi ropa para ir a rehabilitación. No sabíamos si podría volver a andar pero tenía mucha motivación: “Tengo que volver a andar”. Se me hizo muy pesada esa rutina diaria aunque ahora camino bastante, no puedo correr, pero bueno, medio cojeo, salto, yo qué sé.
Yo me centraba en eso, así que no tenía mucha consciencia de lo que había pasado. Ni siquiera me acordaba de que el Papa había estado en Valencia. No sé, tampoco me importaba. Al menos hasta que un día en el periódico vi que se iban a reunir los familiares de las víctimas. Creo que se lo dije a mi padre: “Pues podríamos ir a ver qué pasa, ¿no?».
Fui a la primera reunión en silla de ruedas. Llegamos tarde. La gente contaba lo que había sucedido, cómo los habían tratado o qué les habían ofrecido. “¿Tú has firmado ya o no?”, porque en el caso de los fallecidos, a algunos les ofrecieron firmar el documento con la cantidad de la indemnización al poco tiempo de suceder el accidente. La gente no sabía qué tenía que hacer. Entonces fui consciente: “Madre mía, aquí ha sucedido algo gordo, han muerto 43 personas”. Algunos teníamos abogados, otros no, así que lo que empezamos a discutir en esas primeras reuniones era qué íbamos a hacer con el juicio. Queríamos que se investigara lo que había pasado, porque las cosas no pasan porque sí, no son un fenómeno de la naturaleza.
Las primeras reuniones eran encuentros masivos, estaba todo muy reciente. Había mucho contraste de opiniones, mucha clase de gente distinta porque no creo que haya mucha selección entre la gente que sube un día entre semana en un vagón de un metro. Bueno, a lo mejor había más gente que estuviera desempleada, amas de casa, señoras mayores, estudiantes. No creo que hubiera muchos ejecutivos ese día, a esa hora, en el metro, pero por lo demás había gente de todo tipo de creencias y convicciones políticas.
Yo cogí el metro aquel día porque había tenido un accidente con la bici unos días antes y se me había jodido la rueda. Soy enfermera, cogí el autobús y fui a trabajar. Teníamos una reunión en el hospital La Fe. Cuando terminamos la reunión, almorcé con unas compañeras antes de regresar a casa. Una de mis amigas se volvió en bici. Otra, Marisa, bajó con nosotras al metro pero iba en dirección contraria. Yo iba con Carmen. Nos montamos en el rellano justo detrás del conductor, en el primer vagón. En una parada se subió un chico. No sé, estuvo hablando con la revisora. Por lo demás, no recuerdo a ninguna persona de las que iba en el tren conmigo. Ahora lo pienso y me sabe mal, ¿no? No haberme fijado en la gente que iba en el tren.
Íbamos en el metro tan tranquilos como siempre y de pronto notamos que empezó a ir más rápido. Lo que más recuerdo es cómo traqueteaba. Se movía tan rápido que el vagón entero se giró hacia el suelo y la puerta donde íbamos se abrió. Tengo un flash, me agarraré a Carmen con la mano izquierda e intenté hacer contrapeso hacia el otro lado para no caernos a las vías.
Os habréis caído de pequeños de la bicicleta o de cualquier lado ¿no? Esa sensación de que no puedes respirar durante unos segundos, esa sensación tuve. La luces estaban apagadas, estaba todo oscuro y creo que entonces fue cuando escuché a Carmen llamarme. O a lo mejor las dos nos llamamos y al final ella se acercó a donde yo estaba. Toqué el suelo con las manos y me di cuenta de que estaba sobre las vías del tren. Recuerdo que le dije a Carmen “vamos a movernos, no sea que venga un tren en el sentido contrario”. Pero Carmen no podía arrastrarme y yo tampoco me podía mover. Tenía las dos piernas rotas.
Tengo otro flash. Estaba en otro sitio. No sé, en el suelo contra una pared. Pienso que debe de ser el andén. El personal sanitario estaba allí. Reconocí a Esther. Esther estudió conmigo enfermería y da la casualidad de que ella trabajaba en uno de los servicios que avisaron para que acudieran de emergencia. Le dije que estuviera allí conmigo porque me daba seguridad conocer a alguien. Le pedí a Esther que llamara a mi casa para avisar que estaba allí. Y ya no recuerdo nada más.
Miguel Esplugues
padre de Ana
El lunes a mediodía sonó el teléfono: “Papá, es para ti, es una tal Esther”. “Dime”. “No sé si te acuerdas de mí, soy una amiga de Ana. Es que ha ocurrido un accidente. Ana está bien, pero iba en el metro”. Me puse muy nervioso. Recuerdo que entré en el hospital La Fe en dirección prohibida, había ido muchas veces a ese hospital porque mis tres hijas han nacido allí, pero en ese momento me pareció el hospital más grande del mundo. Todo eran pasillos y pasillos, nunca se llegaba a ningún sitio. Cuando por fin llegué estaban haciéndole pruebas. Pude verla y hablar con ella hasta que entró al quirófano y eso me tranquilizó mucho. Ana quería saber qué le había pasado a su amiga, la que iba con ella: “Papá es que no lo sabe nadie, pero está embarazada y no sé nada de ella”. Eso fue lo último que me dijo, después pasé más de veinte días sin poder hablar con mi hija.
Los médicos salieron del quirófano para decir que la cosa sería larga. Tenía múltiples heridas por el cuerpo, todas con peligro de infección porque tenía aceite y grasa por todos los lados. Mi hija entró en coma inducido y pasó momentos muy difíciles. En uno de ellos oí a la anestesista decir que Ana se había quedado en el quirófano. A la media hora aparecieron otra vez y dijeron que había vuelto en sí, que habían conseguido salvarla. Así estuvimos veinte días de espera, unas veces los médicos me decían que estaba mal y al día siguiente que estaba peor.
Recuerdo que cuatro días después del accidente teníamos en Valencia la vista del Papa. Mi única preocupación era Ana y lo demás no me importaba demasiado. Más tarde sí, más tarde me obsesioné con lo que había pasado y creo que intenté averiguar más de la cuenta.
En el hospital La Fe nos preguntaron si queríamos recibir a la vicepresidenta del Gobierno. Les dije que no, que yo no recibía a nadie. Llegué a decir que si me visitaba alguien dentro de las dependencias del hospital los denunciaría. Me daba pánico tener que hablar con la prensa. Pero pasaron esos primeros días y fue mucha gente la que pasó a visitar a mi hija, incluido el director general de Sanidad. Mi hija trabajaba para la Generalitat con una beca y con el accidente la perdió. Nos dijo que no nos preocupásemos, que él lo arreglaría. Todo fueron buenas palabras, pero a ese hombre no lo volví a ver más. Ana se quedó sin sueldo, sin beca y sin trabajo.
Ella no era del todo consciente de lo que le había pasado cuando nos llegó el burofax. Yo tenía ocho días para presentarme en la empresa pública de ferrocarriles y presentar una reclamación si no quería perder la indemnización. ¿Pero qué indemnización? Mi hija todavía estaba hospitalizada, no acabábamos de entenderlo. Era julio y la mayor parte de gente estaba de vacaciones, pero conseguí hablar por teléfono con un abogado y me dijo que no presentase nada mientras ella estuviera en el hospital.
Esa época pasó y la siguió otra muy dura. Ana iba en silla de ruedas y no teníamos la casa adaptada a sus necesidades. La casa cambió de arriba a abajo: tuve que modificar el coche para que pudiera montarse, reformar el cuarto de baño para construir un plato de ducha y poner manetas. Además, ella necesitaba atención permanente y Guille, su pareja, vivía en Estados Unidos donde cursaba una beca. Lo dejó todo y volvió a Valencia. Renunció a su beca y se vino. Tuvo que devolver el dinero. Fue un cambio total para todos. Mi hija estuvo yendo a rehabilitación casi dos años, todos los días, tenía más de treinta roturas por todo el cuerpo. La operaron muchísimas veces. Los médicos todavía quieren que vuelva a pasar por el quirófano pero ella se ha plantado.
Mi hija estaba con muchos dolores, le inyectaban morfina para calmarla y ella me decía que “esos mismos políticos que querían venir cuando yo estaba en la UCI ahora estarán por ahí con sus barcos, mientras yo me jodo con los dolores”. Tenía razón, no sabía qué decirle, así que empecé a escribir al periódico para contarlo. Yo necesitaba encararme con alguien, necesitaba gritar, sacar todas esas cosas que se me acumulaban dentro. Nos dijeron que no había responsables en el accidente, que la única culpa la tenía el conductor. Un conductor que intentó frenar y no lo consiguió, un conductor que llevaba sólo cuatro meses en la empresa. ¿Ése es el único responsable? Yo era una persona muy confiada, yo creía en la justicia, tenía fe en que todo el mundo era bueno. En este momento no creo en la justicia. Lo siento, pero no creo.
Quería contarlo, quería sacarlo todo en mis artículos porque estaba en mi derecho de explicar cómo me lo estaban haciendo pasar. Llegaron las elecciones y volvieron a ganar, los políticos decían que la sociedad les había dado la razón, nos dijeron que no eran responsables porque habían ganado las elecciones. Los políticos basaron su estrategia en un refrán que dice que de lo que no se habla, no existe. Y eso hicieron, ni hablar ni contestar. El accidente no existía para ellos.
Empecé a obsesionarme, me hacía preguntas. Cualquier persona que tiene un pequeño taller, sabe que un fallo mínimo es suficiente para una sanción. Incluso cuando nadie lo denuncia. Empecé a indagar, a preguntar por ahí. Todavía hoy es raro el mes que no busco en internet información que no he leído para ver si me entero de algo más. Y mientras eso ocurra, mientras yo necesite mis pastillitas es que no he superado nada. Este verano intenté cortar con las pastillas pero no pude.
Dicen que para perdonar hay que saber lo que se perdona y a quíén. ¿Cómo voy a perdonar si no sé lo que ocurrió ni por qué? No puedo perdonar ni olvidar. ¿Cómo puedo perdonarte si no sé quién eres?

Miguel Ángel Muñoz
hijo de Hipólito
Yo no vi a ningún psicólogo. Mi hermano y yo, a pesar del dolor, lo primero que hacemos es informarnos de lo que ha pasado en otras tragedias. Una vez que pasó el funeral y después de incinerar a mi padre empezamos a recopilar información sobre otros casos porque nos extrañaba que la Generalitat nos llamara para cobrar un adelanto. En ese momento estábamos con el duelo, no teníamos ninguna prisa por cobrar. Pero ellos sí tenían prisa en pagarnos. Cosa rara porque en las tragedias se tarda años en cobrar. En la riada del cámping de Biescas, por ejemplo, creo que tardaron en cobrar diez años.
Pero insistían, insistían e insistían: “Venid a Ferrocarriles”. Fuimos y la hojita que nos dieron para firmar decía que teníamos que renunciar a reclamar responsabilidades a la Generalitat, a Ferrocarriles o a cualquiera de los trabajadores. Yo me quedé mirando y dije: “Vamos a ver, yo vengo aquí a cobrar un seguro obligatorio. Vengo a firmar un recibo que tú me tienes que abonar por ley y punto. Yo no tengo que firmar que renuncio a nada”. Esa hoja la escondieron y no nos dieron copia, esto es algo que digo yo pero que no puedo demostrar. Ése fue el primer contacto con Ferrocarriles.

Estuvimos tres meses aislados. Cada familia tenía una versión. Algunos decían que había gente que les ofrecía trabajo y cosas así. Entonces, ciertos familiares empezamos a ponernos en contacto. El primero al que conocí fue Enric. Tú eliges a tus amigos, aquel día el azar nos eligió. Nos puso allí y juntó a personas que no nos conocíamos de nada. Nos eligieron y aquel día nos hizo tener un objetivo en común.
En septiembre, nos enteramos de que en Torrent también habían familiares que se conocían: “Vamos a juntarnos y hacer una convocatoria a la mayoría de los familiares. Pongamos en común la experiencia que hemos pasado en estos tres meses.” Muchísimos familiares acudimos a aquella reunión. Al principio de la reunión, un concejal del PP y otro del PSOE casi se pegan entre ellos. La prensa se habían enterado y también estaba allí. Había familiares que no querían periodistas y había familiares que sí que estaban dispuestos y despotricaron todo lo que pudieron en cuanto vieron un micrófono. Había rabia, se había visto que algo raro había pasado y que no se había informado bien a la gente. Incluso que se había intentado engañar.
El principio de la reunión fue un poco raro. De hecho, yo fui el que habló en esa reunión. Porque la gente no tenía idea de nada, ni de seguros, ni de qué habían hecho, de nada. A cada uno le habían hecho una cosa. La conclusión que sacamos de esa reunión fue hacer un grupo de trabajo para poner en común todo eso, y convocar otra reunión posterior con más datos. Ese grupo de trabajo fue el germen de la Asociación.
Creo que fue Milagros la que propuso hacer concentraciones todos los días 3. Ahí surgió que el día 3 de cada mes empezáramos lo que luego ha sido nuestra seña de identidad, las concentraciones en la plaza de la Virgen. Se decidió que fuera en la plaza de la Virgen, simplemente por el hecho de que es el centro de Valencia. Nada más. Ubicamos un sitio, de manera que se quede allí, todos los días 3 sobre las 7 de la tarde, y no hace falta estar con convocatorias. Porque hacer una convocatoria costaba mucho, me acuerdo de la manifestación grande que se hizo en Valencia, nos costó mucho.
El primer año fue muy duro, tanto para Enric como para mí. El desgaste psicológico y físico fue tremendo. Y luego, el segundo año seguimos porque había mucha gente, de alguna manera eres su voz. Pero llega un momento en que no puedes más, y a los dos años decidimos dejar de estar ahí. Yo un poquito antes que Enric y luego ya es cuando aparece Beatriz y su hermana Rosa.
Al principio, ponía en primer plano ir los días 3. Pero ahora, si me surge algo… Desgasta mucho y al final uno se cansa. Estás allí, dando la cara y pasa mucha gente diciéndote: “ya habéis cobrado”. Muchas veces, la gente se queda con que si habíamos cobrado o si no. Esto es como hablarle a nadie.
El objetivo inicial, que sigue vigente, era que el accidente del metro no se perdiera en el olvido. Ahí ocurrió algo y nadie había asumido responsabilidades. Ese objetivo se ha cumplido, no me esperaba estar aquí seis años más tarde.
Sin embargo, no va a pasar absolutamente nada y nadie se va a hacer responsable del accidente. El verdadero miedo que podía tener el gobierno era perder las elecciones de dos mil siete, poco después del accidente. Las ganaron sin problema y ya saben que esto no les va a repercutir nunca en los votos. La realidad es ésta: esto son daños colaterales de una sociedad que tenemos estructurada así. No hay una verdadera justicia.
Siempre ganan los mismos, pero hay que dejarlo escrito y al menos algo habrá quedado en las hemerotecas y se sabrá que hubo algo que no se cerró bien. El objetivo final era que no se olvidara. Por eso, creo que la asociación en realidad ya ha conseguido sus objetivos y los ha superado.

Santiago Muñoz
hijo de Hipólito
El 11 de julio fue la primera comparecencia en las Cortes del conseller de transportes. Mi hermano y yo fuimos y la conclusión que sacamos fue que los culpables del accidente eran los propios viajeros por haberse montado en aquel tren. Y así quedó.
La Generalitat anunció que iban a dar un adelanto de 5.000 o 10.000 euros, a cuenta de las indemnizaciones, para las familias que habían perdido su sustento. Nosotros no lo necesitábamos pero todos los días los llamaban. Incluso sé de gente que, una vez que la habían convencido, les decía “ya iré mañana o al otro”. Y no, ya estaba uno con el cheque esperando a la puerta de casa: “Sube, que éste ha dicho que sí”. Y les hacían firmar en el momento.
A principios de agosto, recibimos un burofax en el que se determinaba la indemnización total que íbamos a cobrar. Habían resuelto que nos pagaban una cuantía y que con eso se acababa el asunto. Por lo que fuera, habían dicho: “esto lo vamos a tratar como si fuera un accidente de tráfico”. En un accidente de tráfico está totalmente catalogada la indemnización que se tiene que dar en caso de muerte. Y no te van a dar más, vayas al juez que vayas. Si matan a tu hijo con un coche, sólo vas a ver 60.000 euros. Ése es el precio que le han puesto.
Teníamos 15 días para interponer un recurso. Busca un abogado en 15 días, y en agosto… ¿Eso qué consiguió? Que cada víctima se buscara su abogado. No teníamos otra opción, no nos conocíamos. Hasta septiembre no empezamos a conocernos.
En cualquier tragedia todo se ha tenido que litigar y pelear mediante juicio, durante años, para conseguir que les pagaran indemnizaciones. Y aquí, no llega ni a un mes y ya vienen con la pasta. Empecé a revisar el tema legal sobre seguros. Fui varias veces a Ferrocarriles, a pedirles documentación sobre el seguro obligatorio de viajeros, para saber qué coberturas tenía legalmente. Y notaba que cada vez que iba, se ponían muy nerviosos. Te lo daban, pero había mucho, mucho miedo. Pensaba, “es normal, ha fallecido mucha gente, el asunto aquí debe de estar bastante fastidiado”.
Lo curioso era que en el documento que te daban para firmar, había una cláusula donde te obligaban a renunciar a cualquier tipo de acción legal contra la empresa, sus trabajadores… Un párrafo de tres pares de narices. No nos dejaban ni sacar el documento de Ferrocarriles. “Esto de aquí no sale”. Se lo tuvimos que leer por teléfono al abogado. Nos cruzábamos con más víctimas en Ferrocarriles, y les preguntábamos si les pasaba lo mismo.
Encima te ibas enterando de que ofrecían cosas. Iban familia por familia, viendo qué necesidades podían tener. En algunos casos era trabajo, en otros era pagar estudios. A cada familia iba una persona. Con el tiempo, nos enteramos de que a veces iba Cotino. A mi casa no vino nadie. Cotino sí dejó una tarjeta en el tanatorio. Estamos hablando de dos días después del accidente. Apareció allí, se presentó y dejó una tarjeta por si necesitábamos algo. Dijimos: “pues muy bien, adiós. Un conseller de agricultura, ¿qué pinta en todo esto?”.
Ese tipo de cosas se hizo. Y hubo familias que aceptaron. Yo nunca los critiqué. En una situación como la que vivíamos, si a una familia le decían que le iban a pagar estudios o a darles trabajo, ¿cómo le dices si es bueno aceptarlo o no aceptarlo? Yo no estaba en situación de criticar eso. Ni lo estoy. La gente que nos veíamos a menudo creo que lo llevamos mejor.
Quedábamos tres o cuatro veces por semana y hablábamos de temas legales. El que sabía cómo era un procedimiento se lo explicaba a otro. Seguíamos la instrucción judicial, porque había familias personadas y traían la documentación a las reuniones. Nos reuníamos para leer, línea por línea, todo lo que nos podía sonar raro. Por eso surgieron tantas preguntas.Nos enteramos por la prensa de que se habían leído las cajas negras el mismo día. Se llevaron la caja negra a Ferrocarriles, que era la única prueba de que el tren hubiera tenido el accidente por un exceso de velocidad. Entonces, por mi cuenta, decidí ponerme en contacto con Hasler, la empresa que las fabricaba. Les mandé un correo en el que solicitaba información sobre ese tipo de dispositivos. Para mi sorpresa, un ingeniero muy amable de la empresa me contestó: Esas cajas negras se habían dejado de fabricar en 1998 y nadie las utilizaba ya. Soy ingenerio electrónico y en cuanto repasé el manual me di cuenta del tipo de memoria que utilizaban las cajas. Esa memoria no se borraba de la forma en que se había reflejado en la investigación policial. Un técnico de Ferrocarriles había dicho a la policía que cuando los datos se extraían de la caja se borraban automáticamente. Le pregunté eso al ingeniero: ¿Podían borrarse los datos de las cajas cuando los extraías? Me contestó que no. No se borraban a no ser que la siguieses utilizando o a no ser que la borrases manualmente. No se ha podido contrastar esa primera lectura de la caja negra y de hecho, el policía que estaba presente no quiso firmar el acta en su momento. Se lo dije a todo el mundo, incluida la prensa. Pero nadie hizo caso de esto.
Nunca tuve la sensación de haberme vuelto un conspiranoico. Sólo pensé que habíamos perdido. Habíamos perdido y punto. Era una cuestión de ganar o perder, y nosotros perdimos. Ya sólo nos quedaba ir los días 3 a la plaza. Por si en algún momento algo cambiaba. Por si a alguien le remordía la conciencia y decidía contar algo. Porque seguro que habrá gente que no pueda dormir con este tema.
Dentro de la empresa de ferrocarriles, había gente que nos pasaba documentación. Las balizas son un dispositivo que se instala en ciertas partes de la vía para que vayan midiendo la velocidad del tren. Si superas una determinada velocidad ese dispositivo automáticamente frena el tren. Con reprogramar una sola baliza se hubiera evitado el accidente. El 3 de julio de 2006, el tren salió acelerando y ya no dejó de acelerar en ningún momento. Si la baliza está mal programada, pues el tren no para.

Toda la seguridad se dejaba en manos de los conductores y la jueza en uno de los autos había admitido que el accidente era evitable. Añadía que de ahí podían derivarse responsabilidades políticas, pero que ella ya no entraba en eso. El único culpable es el conductor pero como ha muerto no había responsabilidad penal. No puedes condenar a un muerto.
Trabajamos durante un año y medio. Muchas reuniones, mucha información, montar manifestaciones, montar concentraciones, montar actos. Nos buscábamos la vida, aparte de nuestro trabajo y nuestras cosas, sacábamos tiempo para todo lo demás. El segundo año fue jodido. Me dieron dolores de cabeza, estaba fatal. Tuve que ir al psicólogo. En diciembre paré. Como mi mujer es argentina, me fui a Argentina y estuve allí un mes para desconectar de todo.
Al principio, había familiares que se exaltaban muchísimo. Era lógico. La rabia que llevabas dentro. Nosotros tratábamos de ser comedidos, de hablar bien, de no insultar a nadie. Porque si no la gente va a entender la rabieta, vas a ser noticia hoy y mañana se van a olvidar de ti. No, teníamos que dar un mensaje: las cosas no se habían hecho bien. Pero lo que más nos choca es que esa información está ahí. Es una información que es accesible para la gente. Y había mucha gente que estaba con nosotros, pero la gran mayoría, al final… De hecho, ganaron las elecciones. Hicimos una manifestación, intentamos movilizar a muchísima gente, pero no pudimos. Al final, nos quedamos solos.
Yo no le echo la culpa a la gente. Me parece lógico, yo en su caso habría hecho lo mismo. Pero cuando no te ha pasado nunca nada, ves desgracias en televisión continuamente, y tampoco te sumas a todas las reivindicaciones. Piensas, “pobre gente, qué putada que no les hagan caso”. Y luego sigues con tu vida. Es algo natural del ser humano. Es así, tampoco es culpa de la gente.

Beatriz Garrote
hermana de Maika
Ese día arrancábamos un proyecto muy importante en el trabajo y teníamos que recibir muchísima información de diferentes empresas instaladoras. Para nuestro departamento, que era el de logística, el nuevo proyecto era la bomba. Estaba centrada en ese tema y me quedé sin batería en el móvil. Me enteré del accidente y los compañeros empezaron a decirme “pues iba para Torrent, ¿no conocerás a nadie?”. Yo no estaba nada nerviosa, sólo pensé en una amiga arqueóloga que excava mucho por el centro de Valencia y que cogía siempre el metro. La llamé y me dijo: “No lo he cogido de milagro porque me he quedado viendo un escaparate de zapatos”. Ya no me preocupé por nadie más.
Mi marido me envió un correo en el que me pedía que le llamara, pero yo no vi ese correo hasta las dos horas o así y cuando hablé con él me dijo: “tu sobrina Violeta va en el metro y está bastante grave”. Entonces, llamé a mi hermana Maika y su móvil no daba señal. Llamé a mi cuñado y me dijo que a Violeta la habían encontrado, que estaba bastante grave, pero que no sabían nada de mi hermana. Los compañeros y mi jefe me preguntaron “¿qué te pasa?”, pero yo no podía ni hablar. Le pedí a Nacho, mi marido, que viniera a por mí. Dejé todo el proyecto apartado que era muy importante y nos fuimos a buscarla. Me hace gracia lo imprescindible que te crees a veces hasta que la vida te pone en tu sitio.
Mi hermana Rosa estaba en un hospital y mi hermana Mila, la mayor, estaba en la Ciudad de la Justicia, donde se supone que estaban llevando los cadáveres. Decidí irme con ella para que si Maika aparecía allí no estuviera sola.
Te crees que alguien va a tenerlo todo muy controlado y te va a dar información que necesitas saber. Y no digo que sea negligencia de nadie, pero en ese momento nadie tenía información. Los profesionales –policías y forenses– que había allí, todavía estaban intentando identificar quiénes eran. Hacíamos colas e íbamos dando descripciones de los cuerpos de los familiares. Allí nadie te daba información, lo que estaban intentando era recopilarla para identificar a los muertos.
Vi a una chica a la que conocía y le dije “¿tú también?”. Ella me giró la cara. En ese momento pensé, “qué raro” pero, acto seguido, a mí me pasó lo mismo con los psicólogos. Y es que en ese momento no quieres hablar con nadie, ni que nadie te consuele, ni compartir experiencias. Lo único que quieres es escapar de ahí y que te digan que a ti no te ha tocado.
Hasta noviembre o diciembre no empezamos a salir del dolor personal. El 3 de diciembre hicieron una manifestación en Torrent. Nos llegó a mi hermana Rosa y a mí la información de que iba a ocurrir. Dijimos, pues bueno, es el momento de engancharnos. Pensábamos que había que hacer algo porque no estábamos satisfechas con cómo se había tratado todo. A partir de ahí, apuntamos un un par de teléfonos y empezamos a mantener contacto con la gente. El 3 de enero hubo otra concentración y desde entonces estuvimos en todas. Sentíamos la necesidad de exigir respuestas, veíamos que si no las exigíamos no nos las iban a dar.

Ha habido gente que se ha acercado más tarde, cuando el cuerpo se lo ha permitido. O bien son heridos que han sobrevivido y para ellos es un shock hacer frente a esto y cargar con este lastre, o es gente que ha perdido a alguien. Cada uno tiene su tiempo para acercarse a la asociación. Incluso hay gente que ha decidido no hacerlo, porque no ha podido y ha necesitado mirar a otro lado para seguir hacia adelante con su vida.
Para mí, como presidenta, mi hermana ha sido un apoyo total. Yo siempre me siento culpable por las cosas que no llego a hacer o que decido no hacer porque también tengo una familia que cuidar en casa, sobre todo por mis dos hijas. Yo tiendo a desestabilizarme mucho, a estar en unos momentos a tope y en otros momentos no poder con el tema. Me encantaría pasar de todo, me encantaría. En agosto, que es cuando totalmente desconectamos de la Asociación, cuando vuelvo es cuando digo: “ostras, qué bien he estado sin saber nada de este tema”. Pero es que simplemente no puedes quedarte de brazos cruzados y asumir que esto se quede así. Que unas personas, por sus decisiones, por dejación, por incompetencia, por muchos factores que confluyeron, provoquen 43 muertos y no den la cara.
Eso es lo único que nos sirve y para lo que estamos todos. Hay algunos que creen que llegará el día y hay otros que creen que no va a llegar nunca pero pese a eso hay que seguir intentándolo. Yo estoy convencida de que llegará el día, lo que no sé es cuándo llegará, pero estoy convencida de que va a llegar. Es imposible quedarse con los brazos cruzados. Me gustaría pasar de todo y estoy cansada, pero me quedaría mucho peor pensando que se va a quedar así. Que nadie va a asumir la responsabilidad porque nadie le va a exigir que la asuma. Por eso hay que estar ahí.
Rosa Garrote
hermana de Maika
Mi hermana y yo éramos gemelas, estábamos muy unidas. Estuve dos o tres meses ausente. No es que no me implicara, es que no tenía conciencia de que había algo más. Yo estaba intentando convivir con esa nueva situación. Cuando mi sobrina salió del hospital, yo estaba pendiente de ella y de mi cuñado para lo que necesitaran. Nos volcamos con la chiquilla. Tenía once años en aquel momento y nuestro esfuerzo fue para que lo notara lo menos posible y eso es lo que nos consuela, ver que ella no se ha resentido, o se resiente lo menos posible.
A los 3 o 4 meses, en diciembre creo que fue cuando mi hermana Beatriz y yo empezamos a intentar aterrizar y ponernos en contacto con la realidad. Sabíamos que había habido una primera reunión de todos los familiares. Vimos por los periódicos que en diciembre se iba a realizar una concentración de la Asociación de Víctimas del Metro. Acudimos a la concentración y nos pusimos en contacto con algunos miembros, para que nos avisaran de las reuniones y para entrar a formar parte de la Asociación.
Ya son muchos años, mes a mes. No es sólo ir el día 3, es que yo soy un miembro muy activo de la Asociación y tengo mucho trabajo. Tienes que dedicar mucho tiempo pero mi familia me ayuda. Es algo que necesito hacer: buscar de primera mano las respuestas.

A raíz de tener esas preguntas, de intentar averiguar y de ver el comportamiento de la dirección de Ferrocarriles y del gobierno valenciano, me surgieron otros sentimientos. Pero en mi caso nunca ha sido rabia, ha sido impotencia y frustración. Si en una empresa hay un fallo de seguridad, hay una investigación, hay un juicio, hay unas represalias o unas medidas contra el empresario que no ha puesto las medidas de seguridad. Pero cuando quien falla es la administración pública, ahí no hay nada que hacer.
Hay gente que se ha tenido que desvincular porque no puede soportar una pelea tan larga sin poder pasar página en ese sentido. Necesitan aislarse. De momento, yo funciono al revés. Necesito luchar y buscar ess respuestas y, hasta que no las obtenga, creo que no voy a parar. A los 2 ó 3 meses, me hubiera bastado con saber lo que pasó, pero hoy en día necesito algo más. Necesito que se reconzca la labor de la Asociación. Necesito que se reconozca que se ha intentado tapar el accidente. Ellos lo sabían y lo han ocultado, han intentado no buscar, no ir más allá. Necesito las dos cosas.
Han pasado seis años y estamos igual que el primer día. Aunque hayan pasado seis años, tenemos las mismas premisas, las mismas inquietudes, las mismas reivindicaciones. No es sólo mi dignidad como ciudadana. A mí lo que me gustaría de verdad es poder disfrutar de la compañía de mi hermana. Pero por lo menos, que su muerte no haya sido en vano. Que tengan la decencia de corregir la deficiencia que hubo en la línea 1 del metro y que algo así no vuelva a suceder.
Amparo Medina
hermana de Rosa
En los juzgados fue bastante jodido. Nos dieron un Valium, yo no me lo tomé. Llegaron los políticos y hasta que no se fueron no empezaron a llamar a la gente. Fuimos de los primeros. Pero no la pudimos ver, no nos dejaron. Nos dijeron que ya la habían identificado por las huellas dactilares. Mi sobrino quería verla pero no nos dejaron. No ver el cuerpo hace que no te creas la muerte. Cuesta más reconocer que esa persona ya no está.
Empezaron a pasar cosas extrañas, como el primer burofax que recibió mi cuñado: le daban un dinero anticipado, y después ya se vería. Intentaban que firmáramos cosas. Lo veíamos todo muy precipitado y no estábamos para esas historias. Yo empezaba a tener mucho mareo. Algunas visitas, no entendía a qué venían. Me refiero a los técnicos de la Generalitat, que yo en esos momentos no estaba para verlos. Después vino la reunión, y poco a poco nos fuimos introduciendo. La Asociación se hizo poco a poco, para unificar informaciones, aclarar a la gente.
Más tarde vino Juan Cotino a casa de mi cuñado, junto a otro político del PP de Torrent. Cotino se presentó como coordinador de lo que había pasado con el accidente. El motivo de la visita se lo tendrás que preguntar a ellos.
Un grupo de víctimas convocó una reunión en el ayuntamiento de Torrent. No sabíamos a qué íbamos, simplemente fuimos. La gente estaba llorando, no entendía nada.
¿Sabes lo que es oir chillar, llorar? Eso fue la primera reunión. A la segunda, no sabía si ir o no. Estaba mal, y escuchar el dolor de los demás, en ese momento no me apetecía mucho. Pero teníamos muchas incógnitas, no sabíamos qué había pasado. En mi familia no nos habíamos preocupado por lo que había pasado, estábamos con el dolor de la pérdida. Fue allí cuando tuvimos algo más de información.
A nivel de colectivo y a nivel personal, hemos avanzado. La situación de duelo que tenía en ese momento ha avanzado y no me encuentro igual. Cada día 3, aparte de la reivindicación, tiene un coste personal. Recuerdas continuamente lo que has vivido, lo que has sentido. Voy superándolo.
¿Hasta cuándo estaré? No lo sé. Mientras pueda, iré cada día 3. La gente me pregunta. Cuando cuentas lo que pasa suena un poco extraño, ¿no? Es muy extraño y pienso: “no sé si me creen o no”. Pero es lo que hay. No sé si somos valientes o qué somos. Somos humanos, simplemente somos humanos.
¿Ahora qué espero? Nada. Al principio sí que esperaba mucho. Esperaba que hubiesen sido responsables, que hubiera ética. No hay ética. No sé lo que hay. Es muy difícil transmitir lo que siento. Yo no sé qué ha pasado y eso es lo que quiero saber. Han muerto 43 personas y 47 personas están heridas, en un proceso que no sabemos cuándo va a acabar.
Francisco Manzanaro
marido de Rosa Medina
Sé que aparecimos en la Ciudad de la Justicia pero si quieres que te diga cómo, no me acuerdo. Mi cuñada dice que nos llevaron en un autobús. Del tiempo que transcurrió desde la estación de metro hasta los juzgados, donde estaban depositados los cadáveres, no me acuerdo. Allí estábamos, esperando para identificar a nuestro familiar, y aquello se demoraba y se demoraba. Estaba allí el grupo de turno de políticos. Claro, estarían allí para salir en la tele y decir que estaban al lado los afectados y tal. Y cuando les pareció, dijeron: “Bueno, nos vamos a ir, ya podéis empezar a llamar a los familiares”. Tuvieron la santa cara de tenernos allí esperando, hasta que decidieron irse.
Nos pasaron a una sala y empezaron a llamarnos. Yo no entré, ni dejé entrar a mi cuñada ni a mi hijo. El médico forense nos dijo que no la íbamos a reconocer, que nos íbamos a llevar una mala imagen, y que era mejor que no entráramos. Mi hijo quería entrar, mi cuñada también. Yo estimé oportuno no entrar. Porque si no vas a poder reconocer a la persona, y llevarte una mala imagen… Así que evité que mi hijo entrara. Yo no vi a mi mujer.

El accidente fue un lunes, y el sábado era cuando venía el Papa. Me llamaron tres o cuatro veces, para decirnos que tendríamos un lugar privilegiado en la misa, que el Papa estaría con nosotros. Yo pasaba del Papa. “¡No me vuelva a molestar!”, dije. Me llamaron tres o cuatro veces más porque querían estar allí para lo de siempre, la foto, no para apoyarnos.
Hubo un macroentierro. Acudieron casi todos los afectados. Nosotros, y creo que alguna familia más, no quisimos. Para nosotros era un tema íntimo y no queríamos estar ahí para que ellos se hiciesen la foto. Cuando ocurre una desgracia de estas, los políticos en seguida aparecen. Después ya no les ves el pelo, ni dan la cara por nada. Pero esos días sí, para salir en la televisión y demostrar que están con la gente. Pero eso es mentira. No hemos tenido apoyo de ningún tipo y los únicos contactos que hemos tenido han sido siempre por interés, eso lo tengo claro. La sensación que yo he tenido es que han intentado comprarnos para que nos calláramos y dejáramos el tema olvidado.
En mi casa estuvo Juan Cotino con un concejal del ayuntamiento de Torrent, “para ver cómo estábamos”. Me llamaron, que querían venir a casa. Estábamos mi cuñada, mi hijo y yo. Hasta que se fueron no nos dimos cuenta de a lo que habían venido realmente. Venían preparados, sabían perfectamente quiénes éramos. Sabían que mi hijo tenía la carrera de administración de empresas, lo sabían todo. Y claro, te ofrecen un puesto de trabajo, pero por otra parte nos preguntaban si nos íbamos a personar en el proceso judicial. Yo no sé cómo catalogar esa forma de apoyar a la gente. Ese día, interpreté que una cosa era en compensación por la otra. No nos lo dijeron claramente, pero fue lo que yo interpreté. Por supuesto, no quisimos seguir con aquello. Les dijimos que no, que no queríamos un puesto de trabajo.
A los cuatro o cinco días, el concejal me volvió a llamar para ver si habíamos recapacitado. Le dije que no me volviera a llamar para eso, que yo haría lo que considerase oportuno. A ellos, lo que les importaba de verdad era aquello, a eso venían a mi casa. De apoyo a la familia, nada. Es más, yo le dije a Cotino: “Hombre, con el dinero que os habéis gastado en la visita del Papa, podríais haber destinado algo a colocar una baliza de seguridad, cuando ya sabíais que había peligro”. Porque en el año 2004, se había rebajado el límite de velocidad, de 60 a 40 km/h. Cotino me contesto: “la visita del Papa se ha pagado con las mochilas que hemos vendido”. Ésa fue toda su contestación. Y yo pensé, “pues lo habrán pagado vendiendo las mochilas”. Pero después supimos cómo lo habían pagado de verdad y en fin, es lo que tenemos.
Juan Cotino te suena de toda la vida, ¿no? Siempre ha estado ahí. Es de las personas que más fuerza tienen dentro del gobierno y no, no me sorprendió que viniera a mi casa. Tampoco es que estuvieran aquí mucho tiempo. Ellos venían a lo que venían. Entraron con mucha diplomacia, pero muy directo al tema que les importaba. Y cuando vieron que nosotros no les hacíamos caso, supusieron que íbamos a adherirnos al proceso penal y dejó de interesarles seguir hablando.
María José Gilabert
hija de Josefa Rojas
Hasta que pasan los días no empiezas a asumir qué ha pasado de verdad. Yo llegué del crematorio a mi casa y me acosté. Llevaba una barbaridad de horas sin dormir. Me levanté como cualquier otro día, sin ser consciente de lo que había pasado. Todavía pensaba que había sido una pesadilla. Pero cuando empiezas a tomar conciencia de que ha pasado, de que mi madre no me va a abrir nunca más la puerta de su casa y te va a dar un beso, como hacía cada tarde, es cuando todo se te viene encima.
Llegas a casa, te relajas, te encuentras allí solo y entonces asumes que no van a volver, que no va a volver nunca más. Ese fue el segundo momento más horrible que he pasado. Mi hermana y yo no éramos capaces ni de andar. Así que fueron mis hermanos, los dos chicos, los que tuvieron que hacer de parte fuerte. Los primeros días te llevan de un sitio para otro, eres como un monigote. Pero cuando llegas a tu casa y empiezas a asumir que todo ha pasado, que tienes que empezar una nueva vida sin tu madre.
Hemos echado las cenizas en el castillo de la Estrella de Teba. Ha sido un momento íntimo, casi de noche, muy personal. Sólo estábamos mis dos hermanos, mi hijo y yo. Mi cuñada ha decidido quedarse en el coche, ni siquiera ella ha estado. Yo pensaba que lo iba a llevar bastante peor, pero la verdad es que lo he llevado muy bien. Ha sido casi una liberación. Estoy contenta de que mi madre esté en su tierra. No pensaba que lo iba a llevar así.
Hoy se ha cerrado una fase importante para nosotros. Tengo una gran sensación de tranquilidad, de alivio y de paz al saber que ella está aquí. Desde que llegué a Andalucía, es el día que más feliz soy. Estoy muy contenta de que mi madre descanse en su tierra. Siempre será un motivo para volver y no perder mis orígenes.
Mi madre nació en el año 1944 en Teba y aquí pasó los primeros años de su infancia. A los siete u ocho años, salió de Teba y fue rodó por toda Andalucía hasta que acabó más o menos asentada en Lora del Río, Sevilla. Pero ella se sentía un poquito de todos los sitios de Andalucía. En el momento en que cruzaba la frontera de Andalucía, ya le daba igual dónde fuera, porque se sentía un poquito de todos los sitios. En mi casa hemos vivido una cultura muy andaluza, desde siempre. Con sus historias de pequeña, de los cortijos, de sus andanzas, de las aventuras que pasó con mi abuela. Con esas historias nos hemos criado siempre.
Hace mucho tiempo, mi madre nos trajo con para que viéramos su pueblo y, sobre todo, para que viéramos Ronda. Tenía diez años, recuerdo muy poquito. En su pueblo estuve un día, y en Ronda estuve muchos. Me impactó muchísimo, era precioso. De Teba, el pueblo de mi madre, yo recuerdo muy poco. Me imaginaba al pueblo mucho más pequeñito.Me ha gustado mucho volver y que mi hijo estuviera conmigo. Sí, ha sido importante.
Mi madre era el pilar de mi vida. Ella participaba muchísimo en el cuidado de mi hijo. Era fundamental en mi vida y en la de mis hijos, de los dos. Muchas veces, mi hijo pequeño le decía, “yaya, es que parece que quieras más al tete”. Y mi madre le decía que es que siempre iba a necesitar de sus cuidados. Mi hijo Álvaro crecería, pero Ismael siempre necesitaría que lo cuidaran y que lo atendieran.
Mi hijo se ahogó en una piscina cuando tenía seis años. Yo tenía 26, es una edad en la que eres muy joven para asumir que te ha pasado algo así, pero todavía tienes fuerzas para aguantar lo que se viene encima. Él murió con 15 años, después de haber estado todo ese tiempo en coma vigil. Yo decidí que mi hijo no iba a pasar en los hospitales más tiempo del necesario y que no iba a estar en ningún centro donde yo no pudiera estar con él. Yo quería que estuviera con nosotros, con su familia, en su casa. Después del accidente de metro, la Generalitat Valenciana ofreció costear una residencia para mi hijo. Ellos sabían que yo, sin mi madre, no podía moverme. Mi hijo necesitaba cuidados veinticuatro horas al día. Entre mi madre y yo lo gestionábamos muy bien. Cuando ella llegaba, yo me iba a comprar, yo no podía trabajar si no estaba ella. Habíamos solicitado muchísimo tiempo atrás algún tipo de ayuda pero siempre me la habían denegado. Siempre hasta que mi madre tuvo el accidente. Entonces sí, entonces ya tenía derecho.
Mi madre era una madraza en toda regla pero no había sido la misma persona desde el accidente de mi hijo. Le costó muchísimo asumirlo. Le condicionó prácticamente el resto de su vida. He dado gracias de muchas formas por que ella no haya visto la muerte de su nieto. No lo habría superado. Se llevaron un año de diferencia y tres meses. Estarán juntos en algún sitio.

El caso de mi hijo pasó en una piscina pública, también era un servicio público en el que había muchísimas irregularidades. Ésa fue la primera vez que yo perdí a una persona y me dijeron que todo estaba perfecto y que no había pasado nada. La segunda vez fue con mi madre. Por eso, es entendible que mi visión de la justicia deja muchísimo que desear. No creo que haya justicia. Espero que pueda haberla algún día.
Nuestro duelo es totalmente patológico, es un duelo sin cerrar. Pero pensar en no estar es inconcebible. Estar fuera de esta lucha es algo que ni siquiera me planteo. Mi madre habría estado hasta el final. Comentamos muchas veces en casa que, como luchadores, no le llegamos a mi madre ni a la suela del zapato. No nos queda más remedio que seguir. Por ella. Hasta el final. Hasta que las fuerzas aguanten.

Violeta Rius y Goio Rius
Violeta, superviviente, hija de Maika Garrote · Goio, padre de Violeta y marido de Maika
Goio
El fin de semana anterior y el lunes antes de despedirse es un recuerdo que se me ha quedado marcado para toda la vida. Yo me iba a trabajar a las ocho y ella bajó a desayunar. Nos dimos un beso y nos despedimos. Sobre la una estaba trabajando y una compañera dijo que había habido un accidente en el metro. Llamé a Rosa, porque si sabía que Luís, su marido, iba todos los días en metro a trabajar. Rosa me dijo que Luis estaba en el trabajo así que no me preocupé más. A las tres llegué a casa. Estaba mi hijo sólo. Me dijo que Maika se había ido con Violeta a Valencia. Me fui con la moto a la parada del metro. Vi a una amiga policía que conocía y le pregunté. El nombre de Maika no aparecía, pero sí que aparecía el de Violeta. La habían trasladado a La Fe.
Tenía una fisura en el cráneo y un coágulo de sangre. Estaba en coma hasta ver cómo evolucionaba. Había que esperar y yo preguntaba por mi mujer, pero mi mujer no aparecía. Hasta las once de la noche mi mujer no apareció. La encontró Rosa en el hospital Sanjurjo. Rosa lloraba, “está viva, está viva. Ha aparecido”. Fue una alegría muy grande. Creía que estaría como otras víctimas que decían que estaban despedazadas. Cuando la vi lo comprendí. Tenía la cabeza aplastada. Sin ser médico lo comprendí todo. La mantuvieron viva tres días. Fue la única vez que he tomado algo para dormir. Algo que me había dado un médico. Lo tomaba para dormir un poco y a las ocho me levantaba y volvía al hospital a esperar a ver si Violeta se despertaba. Le mantenían el coma inducido pero estaba evolucionando bien. Pero desde el miércoles ya me dijeron que Maika estaba en muerte cerebral. El miércoles el médico me preguntó que si la desenchufaba. Le dije que sí. Fui con mis hijos a que se despidiesen. Y la enterramos el jueves. Por eso estuve al margen del macroentierro, la visita del Papa y todos sus putos muertos.
Violeta
Yo no me acuerdo de nada. Lo último que recuerdo es salir con mi madre del Corte Inglés, bajar las escaleras mecánicas. Y de repente desperté en la sala del hospital con mi padre. Estaba también César, el policía que me sacó, el de las famosas portadas de los diarios. Yo no sabía ni quién era. Mi padre me dijo, “¿no te acuerdas, no?” Lo más parecido a un recuerdo que tengo es un sueño en el que mi madre y yo vamos solas en el metro. No hay nadie más en el vagón, y de repente el tren vuelca. Y ahí acaba el sueño.
Goio
César me contó lo que vio cuando entró en el tunel. Violeta caminaba por las vías. Lloraba y gritaba y en cuanto vio a César se lanzó sobre él. En cuanto la agarró en brazos, ella perdió el conocimiento. Ella vivió el accidente consciente. Pero fue tan traumático lo que vio, lo que sintió, el golpe, que no lo recuerda. Supongo que vería imagenes muy duras y por eso, de alguna manera no quiere o no las puede recordar.
Violeta
No es que no quiera, es que no recuerdo absolutamente nada.
Goio
Fui a las primeras reuniones de las víctimas cuando aún ni existía la asociación, y no podía hablar. No podía ni abrir la boca. No podía abordar así el duelo personal. Si yo me exponía de esa forma, quedaban a la vista todas mis debilidades. Y yo tenía que estar fuerte para tirar adelante los dos hijos que tenía. Di un paso atrás, vivo con esa sensación. Puedo dar mil explicaciones y a lo mejor fue sólo cobardía.
Violeta
Mi padre, yo sé que se ha volcado en nosotros para que notásemos menos la ausencia de nuestra madre. Yo siempre se lo voy a agradecer, no se le puede reprochar nada. Pero al principio no te das cuenta de lo que él está haciendo, de cómo lo está pasando.
Goio
Al principio de la lucha les dije a mis cuñadas que tenían todo mi apoyo. Pero que yo no tenía fuerzas para desgastarme en una lucha que no sabíamos adónde iba a llevar. A mí no iban a devolverme a mi mujer. “No os voy a poder ayudar en gran cosa, y creo que donde debo estar es con mis hijos”. Pero también tenía una responsabilidad moral de apoyar lo que estaban haciendo mis cuñadas. Me recrimino eso. “¿Y yo qué soy? ¿Un débil? ¿Un cobarde? ¿Me excuso en que he de proteger a mis hijos?” Siento que no he estado a la altura que debía. Por eso fue una liberación cuando Violeta empezó a implicarse y a ir.
Violeta
He tardado mucho más tiempo en implicarme y ni de lejos lo he hecho como ellas. Mis tías me contaban lo que hacían en la asociación. No recuerdo un momento concreto de decirle a mi padre, “ay, pues yo quiero ir”. Algún día fui a una concentración. Te desesperas más que otra cosa. Te dan ganas de no volver, porque era muy deprimente ser tan poca gente.
Goio
Cuando ella empezó a tener más conciencia empezó a insistirme para que fuera. A partir de los 15 años, porque cuando el accidente ella tenía 11. Violeta me decía, “tú dices que vaya, pero tú no vienes. Vente”. Yo me negaba. Y ella, “¿piensas que las tías no lo pasan mal?” Yo intentaba razornarles que no podía estar alimentando esa depresión cada mes. Cada día 3. Eso es muy duro, Violeta. Recuerdo repetirle ese razonamiento.
Violeta
Al principio, no lo entendía y comparaba. “Pues si las tías van, tú también.” Supongo que yo también quería que me acompañara. “Va papá, vamos.” Después ya vi que mejor iba yo sola. Cuando empezó a venir, casi prefería que no viniese, porque lo veía sufrir.
Goio
Yo estaba muy enamorado de mi mujer. Creo que no ha pasado ni un puto día que en algún momento no haya pensado en ella. Que no la haya echado de menos. Ni un puto día en nueve años. Siempre hay un momento del día que pienso que por qué no está. ¿Por qué me tocó a mí?
A veces me preguntan: “¿Cómo era la mamá?”. Y yo en ese momento me enfado, “¡que tenías once años! Algún recuerdo de tu madre sí que tendrías que tener.” Pero no lo tienen. Cuando nos habéis preguntado, Violeta enseguida ha dicho, “que hable él”. Porque ella no sabría decir nada de su madre. De alguna manera, hice un vídeo de Maika por eso. Para que tuvieran un recuerdo de su madre. Porque yo he sido incapaz de deshacerme de su recuerdo.
Nunca he tenido la más mínima intención de buscar otra mujer. Y a lo mejor debería despegarme de ese recuerdo. Los amigos me dicen que me haga el ánimo, que me vendría bien una mujer. No quiero. Para mí no ha habido otra mujer. Me reconozco enamorado de mi mujer. Estos dos últimos años prácticamente he ido a todas las concentraciones del día 3. Y la sensación es buena. Pero después vuelvo a casa y mi mujer no está. Es como ir a un entierro cada día 3. Sí, he oído muchos gritos de ánimo, pero mi mujer no está.

Violeta
Para mí, ir a la Plaza de la Virgen y verla llena era un descanso. Otro mes que habíamos pasado bien. Porque vivíamos con el miedo de que algún mes la plaza volviese a estar vacía. Era el miedo de pensar que no íbamos a aguantar mucho más. Para mí, era muy importante que ellas por fin pudieran descansar y volver a sus vidas. Por eso, cuando Rosa me dijo un día, “Beti no está que se va al pueblo. ¿Quieres leer tú?”, yo no podía decir que no.
Goio
Ella se ha sentido muchas veces en deuda, especialmente con Beti. Porque pensaba que estaba desaprovechando unos momentos especiales de su vida, que ya no volverían. De disfrutar de sus hijas. Ella tiene dos hijas pequeñas. Y la asociación le ha robado mucho tiempo de estar con ellas.
Violeta
Te pones en su piel. Ha sido muy largo. Por eso era tan importante, no podéis imaginar cuánto, el apoyo que nos daba la gente. Ver la plaza llena era la única esperanza que teníamos. Mientras la gente esté implicada en este tema, algo podremos hacer. Si no, cualquier posibilidad que teníamos se caía. Tampoco confíabamos en las elecciones, porque habían sido tantas decepciones. Tantas veces que pensábamos que esta vez sí cambiarían las cosas y no cambiaban nunca. Si estas elecciones no hubieran salido como salieron… ¿Cuatro años más? Ya se nos iban las fuerzas.
Goio
Yo me quedé muy decepcionado con las elecciones del 2007. Tengo claro que, en aquella coyuntura, el accidente del metro no supuso un cambio en la manera de pensar de la gente. Yo esperaba una respuesta de la sociedad de apoyo que no encontré. La gente siguió votando al PP. Y con mayorías absolutas.
Cualquier politico puede equivocarse. Incluso por negligencia. Lo acepto. Y la mala suerte también la acepto. Lo que no acepto es que no hayan sido capaces de reconocer que lo hicieron mal. “Lo siento”, si no quieres entrar en detalles, por lo menos decir un “lo siento”. Pero no estuvieron a la altura.
Violeta
Eso de alguna manera hace que cueste más cicatrizar la herida. Porque, además de aceptar que tu familiar no está, has de aceptar que te están tomando el pelo. Se están riendo en tu cara. Y no costaba tanto. Cualquier persona con un poco de empatía lo hubiese hecho. Y hemos tenido que estar cada día 3 en la plaza, recordando. Recordar continuamente lo que quieres ya cicatrizar de una vez. De alguna manera sabes que has de olvidar. Y no te están dejando.
Goio
Con las últimas elecciones, la cosa cambió de una manera radical. Es el descanso de haber conseguido que por fin, a nivel social, se hayan hecho eco de lo que pasó y que por fin se haga una investigación como Dios manda. Pero ya no esperamos saber muchas más cosas de las que ya sabemos. No espero gran cosa. Porque al final, a mí nunca me van a devolver a mi mujer. Por muchas comisiones de investigación que se hagan. Ya hemos conseguido lo que queríamos.
Violeta
Lo que podíamos pedir.
Goio
Lo que podíamos pedir, ya está.


Justicia, la última victoria
14 años después, la lucha de la Asociación de Víctimas del Metro finaliza. Cuatro directivos de Ferrocarriles han sido condenados a 1 año y 10 meses de prisión por delitos relacionados con la falta de seguridad en el metro. Los propios imputados reconocieron los hechos. Esto supone la aceptación de que la empresa fue responsable del accidente. El martes 3 de marzo de 2020, en la última concentración, la asociación se despide y se retira la camiseta. Sus luchas han terminado y por fin tienen un final digno.